Ni complemento ni autoconsumo: la cabaña del Valle Medio del río Negro que apuesta fuerte a los ovinos.
En 2010, un emprendimiento ganadero de Río Negro definió incorporar una majada Corriedale de pedigree proveniente del sur de Santa Cruz, lo que representó el punto de partida de cabaña Mi Gaucho. Un tiempo después, el establecimiento tomó otra medida trascendental con la llegada de la raza Poll Merino para hacer lanas de mayor finura. Hoy salen a competir de igual a igual en las exposiciones ovinas de la región.
En la zona rural de La Rinconada, en la isla de Choele Choel (Valle Medio del río Negro), se encuentra un establecimiento ovino que, con ocho hectáreas productivas, decidió apostar en ganadería.
Cabaña Mi Gaucho no es grande en superficie ni en escala, pero sí en objetivos, ya que sus responsables buscan producir genética, mejorar lana y carne, y sostener una actividad que en el Valle Medio no está entre las más demandadas.
El origen del emprendimiento comenzó con “Pirincho” Pedro José Sánchez Iturrioz, hombre de familia pampeana, criado entre vacas y ovejas. La cabaña comenzó casi como una extensión natural de esa historia. Quedó en la memoria familiar aquella imagen que todavía se repite como símbolo: Pedro gritando “¡A dormir!” y la majada respondiendo, avanzando en bloque hacia los corrales. No era folclore, era manejo, presencia y conocimiento del animal.
Cabaña Mi Gaucho busca producir genética para mejorar lana y carne.
Hace quince años el proyecto tomó forma más definida. En 2010, la incorporación de una majada Corriedale de pedigree proveniente del sur de Santa Cruz marcó el punto de partida como cabaña. Más tarde llegó el Poll Merino. La decisión no fue improvisada: fue una lectura del mercado y del propio sistema productivo.
Hoy quien continúa el camino es su yerno, el ingeniero agrónomo Daniel Filocamo, junto a su esposa, sus hijos quienes no pierden oportunidad para andar entre los corrales. También acompaña su suegra y entre todos mantienen vivo el legado de Pedro. La impronta sigue siendo familiar, pero con una mirada técnica clara.
Son seis hectáreas propias y alquilo dos más. En total son ocho. Es chico, por eso hay que hacerlo intensivo”, resume el productor ganadero ante la consulta de Río Negro Rural.
Ganadería ovina en Río Negro: intensidad y precisión
En un establecimiento reducido no hay margen para cometer errores, por eso cada detalle importa. La chacra está completamente dividida en potreros y bajo riego. Pasturas permanentes de festuca, trébol y raigrás; verdeos de invierno como avena, cebada y vicia; y de verano, maíz y mijo componen la oferta de alimento para los animales. Dentro de ese esquema implementado la rotación es estricta.
“La idea es que entren, coman, pelen y salgan. Si las dejás más tiempo, seleccionan y te arruinan la pastura. Y además es un problema sanitario”, explica Filocamo.
En invierno, cuando el forraje escasea, el sistema se sostiene con rollos, fardos y silo de maíz confeccionado en la propia chacra. Cada decisión es parte de un engranaje que tiene como fin primordial la eficiencia.
En un valle donde la mayoría de los productores tiene ovejas como complemento o para consumo propio, Mi Gaucho decidió apostar a la pureza racial y al mejoramiento genético.
Ovinos en Patagonia: dos razas, dos estrategias
El plantel actual ronda las 60 madres Corriedale y cerca de 20 Poll Merino, además de cuatro carneros padres. Las razas se manejan por separado. “No hago cruzas, trabajo cada raza dentro de su línea. Si cruzás, perdés características. La idea es mejorar dentro de la misma raza”, sostiene el productor.
La Corriedale es la base: doble propósito, buena aptitud carnicera, madres firmes. “Es más madraza, defiende el cordero y te da kilos. A igual edad y alimentación podés tener dos o cuatro kilos más en los corderos”, explica. Sus lanas, en tanto, rondan los 30 micrones de grosor.
Por Miguel Vergara
Foto: gentileza Cabaña Mi Gaucho.
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